Independencia de los auditores: lecciones de la crisis

Las pérdidas millonarias que muchas entidades financieras han registrado desde el inicio de la crisis en 2007 y el impacto que ello ha tenido en la economía global, han hecho a muchos preguntarse  cómo los auditores pudieron emitir informes favorables sin ninguna reserva sobre la “salud” de las cuentas de estas entidades. En España tenemos un ejemplo muy reciente con Bankia, en donde las cuentas de 2011 pasaron de arrojar un beneficio de 305 millones a unas pérdidas de 2.979 millones en unos pocos días. 

Estas dudas comprensibles sobre el rol de los auditores surgen en parte como consecuencia de unas expectativas excesivas en lo que a la función de auditoría se refiere y en no tener en cuenta las limitaciones del propio proceso de auditoría. La función del auditor no es asegurar cien por cien que las cuentas anuales del auditado estén libres de incorrecciones, sino más bien proporcionar una “garantía razonable” sobre las mismas.  Lo que está claro, es que hay una gran brecha entre lo que los consumidores de estas auditorías esperarían y el valor real proporcionado en los informes de auditoría.

Para los más críticos, el modelo actual en el que unas pocas grandes empresas de auditoría se reparten el jugoso pastel a nivel mundial, propicia el conflicto de intereses y limita severamente la independencia de las empresas de auditoría y el valor real que aportan.

Ante esta cuestión, los reguladores (bancos centrales, comisión europea, etc…) han hecho sus propios análisis del papel que cada participante ha jugado en esta crisis (no sólo los auditores sino también las empresas de calificación, la regulación,  los modelos de gobierno de las entidades,…) y han sacado sus propias “lecciones aprendidas”.

Lo que la crisis actual parece haber demostrado es que la función de auditoría se ha centrado demasiado en la forma y no tanto en el fondo; esto es, proporciona una garantía razonable de que las cuentas se han realizado de acuerdo a las normas de auditoría establecidas y no tanto de si reflejan fielmente la situación de la empresa.

Esta tendencia a centrarse más en la forma que en el fondo, no es sólo patrimonio de los auditores de cuentas, sino que se manifiesta también con cierta frecuencia en otro tipo de auditorías y auditores. En este sentido es relevante el artículo en este mismo blog, sobre limitaciones de las recomendaciones de control. (personalmente creo que la auditoría en general -no sólo la financiera- debe redefinirse en sus métodos para aumentar su agilidad, efectividad y relevancia para la sociedad).

La Comisión europea, en sus lecciones de la crisis y la función de auditoría, menciona expresamente la posibilidad de “volver a los fundamentos”, centrándose particularmente en la verificación sustantiva del balance de la entidad y menos en el mero cumplimiento y los sistemas de información. Es decir, en tareas que deberían seguir siendo sobre todo responsabilidad del cliente y ser objeto en lo esencial de la auditoría interna.

La comisión enumera una serie de factores a considerar para mejorar la Gobernanza y la Independencia de las empresas de auditoría:

  • Reforzar la independencia de los auditores, eliminando los conflictos de intereses inherentes que vienen derivados del nombramiento y remuneración de los auditores por parte de la empresa auditada, los bajos niveles de rotación de las empresas de auditoría o la prestación de servicios distintos a la auditoría por parte de las sociedades de auditoría.
  • Valorar la viabilidad de un escenario en el que el nombramiento del auditor, así como su remuneración y la duración del contrato sean responsabilidad, no de la empresa a ser auditada, sino de un tercero actuando como autoridad reguladora.
  •  Establecer la rotación obligatoria de las empresas que realizan las auditorías en una empresa (y no sólo del socio auditor). De esta manera se pretenden evitar situaciones en las que una empresa lleve décadas nombrando a la misma empresa, lo que parece incompatible con la deseada independencia.
  • Reforzar la prohibición de prestar servicios distintos de la auditoría. Se trataría de tender a “sociedades puras de auditoría”. Dado que la misión del auditor es emitir un dictamen independiente sobre la salud de las cuentas de las empresas, lo ideal es que el auditor no tenga ningún interés comercial en la empresa auditada (ej: proporcionando servicios de consultoría)
  • Limitar la proporción de los honorarios que una empresa auditora puede recibir de una empresa auditada en relación con los ingresos totales de la sociedad de auditoría.
  • Analizar cómo lograr más trasparencia en los propios estados financieros de las empresas de auditoría y en el modo de auditar estos estados.
  • Reforzar la estructura de gobierno corporativo y los requisitos organizativos para mitigar los posibles conflictos de intereses y la independencia de las sociedades de auditoría.
  • Dado el gran tamaño que están adquiriendo algunas sociedades de auditoría (llegando a ser consideradas sistémicas), y dado el modelo predominante de sociedad unipersonal, se plantea la cuestión de si estas sociedades podrían sobrevivir a eventuales demandas por responsabilidad civil. Convendría que las empresas de auditoría pudieran conseguir capital de otras fuentes. Ello implicaría la existencia de mecanismos para que los propietarios externos no interfiriesen con la labor de auditoría.
  • En el caso de sociedades de auditoría que trabajan para empresas de un grupo, el auditor debería tener acceso a toda la información relevante de todos los auditores que estén revisando a entidades del grupo, de modo que se facilite el acceso a una visión global.

 Lo cierto es que nada de esto es nuevo. Todos estos factores han sido objeto de debate durante décadas entre las partes interesadas. Está por ver si estas recomendaciones  calan finalmente a nivel global y dejan de ser meras sugerencias para convertirse en ley. Algunos son escépticos por las dificultades técnicas que se plantean (por ejemplo, pérdida de conocimiento como consecuencia de la rotación forzada del auditor)  y por el cambio drástico del actual statu-quo dominado por las cuatro grandes firmas de auditoría.

Quizás, el cambio deba venir desde dentro de la profesión. Buscando volver a la esencia de esta honorable profesión, redefiniendo su organización y métodos de trabajo para ajustarse a las necesidades de la sociedad actual.

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